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Mitre: El General que Masacró Pueblos Originarios y Nunca Ganó una Batalla

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La Mentira Fundacional de un Falso Héroe

Durante más de un siglo y medio, la historia oficial argentina ha glorificado a Bartolomé Mitre como padre fundador, estadista brillante y estratega militar. Esta narrativa no solo es falsa: es una ofensa criminal a la memoria de los pueblos originarios que fueron masacrados, despojados y borrados del mapa bajo su mandato y complicidad política.

La verdad histórica que emerge de los documentos es demoledora: Mitre fue un militar incompetente que jamás ganó una batalla por mérito propio, un político oportunista cuyo ascenso se debe más a la masonería que al talento, y un ideólogo del genocidio que sentó las bases ideológicas y materiales para el exterminio sistemático de las naciones indígenas en Argentina.

Un Cobarde que Observaba Invasiones desde Buques Extranjeros

Hijo de una familia uruguaya modesta, nacido accidentalmente en Buenos Aires, Mitre fue argentino apenas por casualidad geográfica. Su verdadera lealtad nunca estuvo con esta tierra ni con sus habitantes originarios, sino con los intereses extranjeros y las élites portuarias que veían en la pampa un desierto a conquistar y en sus habitantes legítimos un obstáculo a eliminar.

Durante la Batalla de Obligado —ese episodio épico de resistencia nacional contra la invasión anglo-francesa— Mitre no estuvo donde debía estar un patriota: defendiendo la soberanía desde las baterías argentinas. Estaba cómodamente instalado en los buques invasores británicos, observando como espectador la violación de nuestra soberanía. No es casualidad que Carlos Saavedra Lamas lo apodara despectivamente “El Grumete”.

Esta traición temprana revela el carácter del personaje: un individuo dispuesto a aliarse con potencias imperialistas contra los intereses de los pueblos de estas tierras. Sarmiento, su compañero ideológico, lo confesó sin pudor: “Los que cometieron aquel delito de leso americanismo, los que se echaron en brazos de Francia para salvar la civilización europea… ¡fuimos nosotros! Somos traidores a la causa americana.”

La Incompetencia Militar al Servicio del Genocidio

La carrera militar de Mitre es un catálogo de fracasos que cualquier manual de estrategia catalogaría como ejemplos de qué no hacer. A los 14 años, trabajando en una estancia de Rosas, fue devuelto a su padre con estas palabras proféticas: “Dígale a Don Ambrosio que aquí le devuelvo a este caballerito, que no sirve ni servirá para nada, porque cuando encuentra una sombrilla se baja del caballo y se pone a leer.”

Urquiza, quien lo conoció en el campo de batalla, lo apodó “El Tísico” por su figura pálida y enfermiza. Pero la debilidad física de Mitre palidece ante su incompetencia estratégica. Como señaló el oficial porteño D’Amico: “A Mitre no se le ocurre nada en el campo de batalla.”

Sierra Chica: La Derrota que Prefiguró el Genocidio

El episodio de Sierra Chica es particularmente revelador y trágico. Mitre, con fuerzas enormemente superiores, fue derrotado por “un minúsculo grupo de indios mal armados, que con la tercera parte de las fuerzas… le comieron hasta los caballos.” Esta humillación militar no generó respeto ni reconocimiento de la capacidad de resistencia indígena. Al contrario: alimentó un resentimiento genocida que se materializaría en las décadas siguientes.

La lógica perversa era clara: si las comunidades originarias podían derrotar a fuerzas superiores en número y armamento, entonces debían ser exterminadas completamente, no por medios militares honorables —que Mitre era incapaz de ejecutar— sino mediante campañas de exterminio sistemático, hambre inducida, destrucción de economías indígenas y despojo territorial absoluto.

El Ideólogo del “Desierto”: Borrar para Conquistar

Mitre no solo fracasó militarmente contra los pueblos originarios: construyó el andamiaje ideológico que justificaría su exterminio. Su pluma, más efectiva que su espada, escribió una historia argentina donde las naciones indígenas no existían como sujetos políticos, culturales o territoriales legítimos.

La narrativa del “desierto” —esa mentira fundacional que presentaba millones de hectáreas habitadas por naciones organizadas como tierras vacías— fue refinada y legitimada por Mitre como historiador. Como bien señala el texto que lo analiza: “Como historiador contó y ocultó lo que le convino.”

Este no fue un ejercicio académico inocente. Fue genocidio epistemológico: borrar la existencia de los pueblos originarios de la historia oficial para justificar su exterminio físico y el robo masivo de sus territorios. Cuando se niega la existencia histórica de un pueblo, se facilita su destrucción presente.

Las Batallas que Nunca Ganó, los Territorios que Ayudó a Robar

En Cepeda, Mitre fue completamente derrotado, aunque su terquedad enfermiza le impedía reconocerlo. Se encontró “casi solo, de noche en medio del campo y totalmente rodeado por el enemigo” que generosamente le permitió escapar. En Pavón, Urquiza prácticamente le “regaló” la victoria, y aun así Mitre huyó prematuramente hasta que un parte militar lo alcanzó: “No dispare general, que ha ganado.”

Esta incompetencia militar contrasta brutalmente con su eficiencia como operador político. Incapaz de vencer en batalla, Mitre demostró ser un maestro en transformar derrotas en victorias narrativas, buscar chivos expiatorios y manipular a los vencedores. Como describe el texto: “Incapaz de matar una gallina con un cañón, era capaz de cazar dos leones con la charla.”

Esa habilidad retórica se puso al servicio del proyecto más criminal: la conquista de los territorios indígenas no mediante victoria militar —imposible para él— sino mediante alianzas políticas, manipulación de relatos históricos y construcción de consensos genocidas entre las élites.

El Legado de Sangre: 40 Millones de Hectáreas Usurpadas

La presidencia de Mitre (1862-1868) sentó las bases institucionales, ideológicas y materiales para lo que vendría después: la llamada “Conquista del Desierto” bajo Roca, que fue en realidad la masacre sistemática de decenas de miles de personas, la destrucción de economías indígenas milenarias y el robo de más de 40 millones de hectáreas que fueron distribuidas entre menos de 2,000 terratenientes.

Los pueblos Mapuche, Tehuelche, Ranquel, Puelche y docenas de naciones más fueron diezmados. Sus territorios ancestrales —garantizados por tratados que el Estado argentino violó sistemáticamente— fueron convertidos en latifundios. Sus sistemas de conocimiento, sus lenguas, sus culturas fueron atacados con intención de exterminio total.

Mitre no empuñó personalmente el fusil en estas masacres posteriores, pero construyó la maquinaria ideológica que las hizo posibles y aceptables para la “civilización.” Su historia oficial borró a los pueblos originarios del pasado para justificar su eliminación del presente.

La Deuda Histórica Impaga

Hoy, 150 años después, las comunidades indígenas argentinas siguen reclamando justicia. Los territorios robados nunca fueron devueltos. Las masacres nunca fueron reconocidas oficialmente como genocidio. La Constitución Nacional reconoce desde 1994 “la preexistencia étnica y cultural de los pueblos indígenas argentinos” y garantiza “la posesión y propiedad comunitarias de las tierras que tradicionalmente ocupan,” pero estos derechos constitucionales son sistemáticamente violados.

La Ley 26.160 suspende los desalojos de comunidades indígenas, pero se incumple regularmente. El Convenio 169 de la OIT sobre pueblos indígenas y tribales, ratificado por Argentina, exige consulta previa, libre e informada —raramente se respeta. Las comunidades enfrentan violencia, criminalización de sus reclamos territoriales y negación de su existencia política.

Descolonizar la Historia, Recuperar la Verdad

Revisar críticamente la figura de Mitre no es un ejercicio de “revisionismo histórico” superficial. Es un acto de justicia epistémica fundamental para la reivindicación de los derechos de los pueblos originarios. Mientras sigamos glorificando como próceres a los ideólogos del genocidio, mientras nuestros billetes y monumentos celebren a los responsables del despojo, la colonialidad persiste.

La verdad histórica es ésta: Mitre fue un militar incompetente que nunca ganó batallas por mérito propio, un traidor que observó invasiones extranjeras desde buques enemigos, y un intelectual que puso su pluma al servicio de borrar a los pueblos originarios de la historia para facilitar su exterminio.

Reconocer esta verdad no es “manchar” la historia argentina. Es limpiarla de las mentiras que durante demasiado tiempo han legitimado la injusticia presente. Es honrar la memoria de las decenas de miles de personas indígenas masacradas. Es reconocer que sobre territorios usurpados, manchados de sangre originaria, se edificó la Argentina moderna.

El Camino Hacia la Reparación

La reivindicación de la verdad histórica debe acompañarse de acciones concretas:

  • Reconocimiento oficial del genocidio indígena como crimen de lesa humanidad
  • Devolución efectiva de territorios ancestrales a las comunidades, cumpliendo la Constitución Nacional
  • Reparación económica y simbólica a los pueblos descendientes de las víctimas
  • Revisión del panteón nacional: retirar honores a genocidas como Mitre y Roca
  • Educación descolonizada que enseñe la verdadera historia del genocidio indígena
  • Cumplimiento efectivo de la legislación nacional e internacional sobre derechos indígenas

La historia de Mitre —el incompetente militar, el traidor observador de invasiones, el historiador falsificador— es la historia de cómo se construyen los mitos nacionales sobre cadáveres indígenas y territorios robados. Desmantelar esos mitos es el primer paso para construir una Argentina que reconozca, repare y honre a sus pueblos originarios.

La tierra tiene memoria. Los pueblos originarios resisten. Y la verdad, por más que la intenten enterrar, siempre termina emergiendo para exigir justicia.



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